miércoles, 26 de febrero de 2014

El Amante del Volcán


"Pero no puedo perdonar a aquellos a quienes sólo importaron su propia gloria o bienestar, pensaba que eran civilizados. Fueron despreciables. Malditos sean todos ellos". 

En un artículo que el diario El País publicó en 1995, Rocío García narraba cómo Susan Sontag, autora de la novela, confesaba que "éste era su mejor libro" y que "se sentía profundamente orgullosa" de él. Confesión que hizo en la presentación que tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid aquél año. Juan Goytisolo, uno de los amigos que le acompañaron entonces, se refirió a ella como una "intelectual neoyorkina", adjetivo que le molestó y para el que no tuvo reparo en contestar. Ella se sentía mucho más europea.

Todo esto yo no lo sabía. Comencé a leer El Amante del Volcán por recomendación de mi tía Maritere, una de las personas que más libros me procura. No recuerdo cuál fue el motivo específico por el que rebuscó esta novela en su estantería para prestármela. Quizás fue por alguno de los artículos que publiqué a finales del año pasado. Estaba convencida de que me gustaría. Pero se equivocó, a medias. Ahora soy yo la que os confiesa que tenía muchas ganas de terminar el libro por tres motivos: por desvelar el final, descubrir los personajes reales, (sabes que son históricos) y porque se acabase. Es una novela densa. No vale para el verano, ni para cuando necesitas desconectar sin prestar atención. Es perfecta para meterte en los burgueses salones del siglo XVIII, recargados, con esculturas clásicas en cada hueco y pesadas cortinas de terciopelo rojo.

El Amante del Volcán es una reflexión de la sociedad de aquella época a través del triángulo amoroso que forman sus tres protagonistas, conducida por los pensamientos de Il Cavaliere. Invita, en algunos de sus capítulos y sin previo aviso, a las demás partes de la historia. Les permite expresar su opinión de la historia, pero siempre parece controlar desde un segundo plano que todo siga en armonía. La presencia de Il Cavaliere marca el avance de la narración, de la misma forma que lo hace con la historia. Es un protagonista al que llegas a respetar y admirar. Es distante, pero todo un caballero. El final es bueno, sobre todo porque en el último capítulo la autora permite que sean ellas las que hablen, las que destapen las injusticias. Y es que, como afirma GoytisoloSontag es una "mujer de gran compromiso moral" que medita sobre la situación de la mujer, sobre la revolución que se gestó en aquellos años y en las distintas concepciones del arte. Algo que me llamó la atención.

Las reflexiones sobre el arte y el coleccionismo. O el arte del coleccionismo. O el coleccionismo de historias, según confesaba Saramago en aquella presentación de 1995, pues él también es amigo de la autora, y no quiso perdérselo. Para él, la novela es mucho más simple (o complejo): una reflexión en torno a la muerte. No son pocos los personajes que están cercanos a ella, incluso los que irremediablemente la sufren. Llega un momento de la historia en el que Sontag dice que todos los que hacemos listas de las cosas somos, en cierta forma, coleccionistas. Me pregunto si yo, que adoro hacer mil millones de listas diarias, que llevo una en el móvil para cada cosa que se me ocurre, que soy asidua a Instagram para coleccionar momentos, a Pinterest para todo lo que no quiero que se pierda. Que dispara su cámara para que no se olviden mis días, o incluso que os escribe aquí para que quede constancia, no soy en cierta forma, eso, coleccionista.

Sontag presenta al inicio de la narración tres historias con escasez de diálogos, lo que hace que sea muy espesa. Yo, que prefiere siempre escuchar las historias en las bocas de sus personajes; que le encanta leer teatro. Fue difícil no dormirse en algunos viajes en tren, lo admito. Y para empezar con ella el año 2014, todo un desafío. Lo más gracioso es que, cuando lo acabé, me entraron aún más ganas de seguir devorando libros. Una novela que roza el ensayo, muy estética. Y aún a pesar de ser todo una prueba a mi paciencia lectora, repito, un buen final, porque por fin, puedes dedicarte a investigar en Google a los personajes. Il Cavaliere ya tiene nombre y, por tanto, todos aquellos personajes que le acompañan en la historia. ¿Quieres leer el libro y descubrirlo o te adelanto quienes son? Te lo digo. El embajador británico en NápolesSir William Hamilton. Su segunda esposa y el Almirante Nelson. Sí, ese Nelson. ¡Ah, y el volcán, el verdadero amante de Il Cavaliere! 

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Tenías alguna duda de tu oficio de coleccionista? ¿Qué es si no un capturador de momentos vía cámara de fotos?

Terminar El amante del volcán me supuso un esfuerzo importante, puf! pero como con cualquier libro, siempre se aprende algo.